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“Algo os digo: algo de Dios”.

9 de abril de 2013

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Algo os digo: algo de Dios. No habrá final de los tiempos, habrá destrucción y muerte, pero habrá un renacer, no como los que antes hubo, porque este será el final de toda una era, de toda una manifestación de seres despojados de grandiosidad y limitados a sus bajezas.

Vendrá

Algo os digo: Las profecías están ahí justamente para desmitificarlas, para deshacerlas para coger fuerza y cambiarlas como se cambia el curso de la corriente de un río.

Dios no es pasivo, es activo, es materia y energía, la limitada percepción de la espera sería cualquier cosa menos divina, y Dios ha puesto en marcha las profecías para crear la prevención, la duda y la activación de nuestras conciencias poco a poco más allá, hacia un despertar.
No es la concepción de Dios hacer y crear algo para ultimarlo y desaparecer, al contrario es magma de inspiración, de arrebato paulatino del alma que el despertar tardío del humano siempre tiene.
Llegada la conciencia está la fuerza, forzada la inocencia está la revelación del destino, y es tan sencillo como la emancipación del ser, sea como fuere aquel, benigno o maligno, despierto o dormido, habrá un momento, un instante, o toda una vida en la que la manifestación de su sentido sea comprendida.
La verdad es que Dios está dentro de nosotros, de ese despertar y también fuera de nosotros, y es cuando hacemos coincidir la comprensión externa con la interna de Dios que llegamos al climax del alma y de la comprensión universal que nos permite perdonar, redimirnos y ser grandes, tanto como el resto de la creación y el resto de los seres que también lo son.
Detrás de la profecía del fin, está la continuidad y el renacimiento, porque Dios contempla la imperfección y el mal como parte de su misma creación, para hacer factible y posible nuestra emoción de todo y el equilibrio que solo se da entre dos fuerza, que si fuera de un solo sentido no tendría por tremendo que se nos presenta en realidad, ninguna proyección más que plana en un mundo feliz sin contrastes suaves, duros y traumáticos.
Dios ha previsto este calvario en vida, y nos regala una vida tras otra, la vida eterna, para que vayamos creciendo, y cierto día, cada uno con sus obras y experiencias, podamos llegar a un nacimiento interno de nuestra conciencia, de nuestro bagaje y nuestra evolución, hasta comprender que solo así fue posible entre miedos, entre horror, entre delicias y placer, entre sentidos y ceguera, entre limitados y visionarios, que todo era la misma voluntad que en la mejor de las conciencias creativas hubiéramos deseado como camino a realizar.

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