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“Cristina Fernández de Kirchner y los Chicago Boys, otro bluff, que ahora ya no toca”.

31 de julio de 2013

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Desde que Margaret Thatcher descubriera a Milton Friedman, como descubrió Chile y Pinochet, la estrategia liberal de los Chicago Boys, de las teorías neoliberales de la Universidad de Economía de Chicago, muchos han sido los que luego se han fijado en ellas.

En economía como en otras disciplinas, todo tiene su momento, y el neoliberalismo lo tuvo en un momento de impavidez económica que no lograba un horizonte de despegue después de la reconstrucción de la segunda guerra mundial y el aumento de la natalidad de los años 60-80.

En el caso de Chile, integrar la economía con mano de obra barata, mucha tierra, caladeros de pesca y fosfatos, pero con una inflación como la que hoy tienen muchos países, pero en un momento en el que no se habían puesto en marcha toda la versatilidad de los derivados financieros, el empleo de los fondos fraccionados, y la tutela norteamericana sin más ideas que la guerra como forma de renovación, no había muchas alternativas por medio.

Caso parecido era el de Inglaterra, con una carencia de proyección industrial que no había evolucionado desde el carbón y el acero, y con países del este como Polonia que hacían lo mismo más barato, o incluso España y Portugal que también acogían un crecimiento basado en el full empleo en empresas de ensamblados y acabados (caso del automóvil), o por el contrario de elaboración primaria y envase fuera (caso del aceite de oliva, y siderurgia), y en el de apuntarse a todo encargo de industrialización que competía en salarios con Inglaterra y Alemania.

El neoliberalismo prolongado ha transformado lo que fue el crecimiento en su momento, en la ruina de la actualidad.

No se puede permanecer en el dumping, y en el trabajo a destajo de la producción agrícola, ganadera e industrial de forma continua pues a su vez lleva a un aumento de las cualificaciones y retribuciones asociadas y las recalificaciones de escalas correspondientes, que al final son todos jefes sin tropa, o tropa derrotada por los problemas de salud asociados.

Todo ello se hace una montaña imparable que termina en la sobreabundancia y en una industrialización inteligente que termina por llevarnos a un montón de mano de obra excedente, y a que todo el mundo le sobra de todo porque tiene de todo, y no hay más hueco que para lo muy nuevo y para el declive.

No hay recetas mágicas perdurables, hay momentos económicos y hay que saber adaptarse, no a tiempo sino antes. Y no esperar a que la propia maduración de los frutos hagan por caer lo que en su momento funcionó pero ya no funciona.

Lo que una aspirina calmó 60 años, al 61 ya necesita otras cosas.

La población mundial ha crecido y la economía actual está absolutamente basada en una producción industrial automatizada y robotizada en dónde la mano de obra humana y manufacturera sobra toda.

No se puede estar empujando al mundo sacando los recursos de la tierra de la misma forma de combustibles fósiles, produciendo y vendiendo armas, o drogas o medicamentos -que como negocio se trata de que no curen-, sino de que se consuman.

Lo mismo ocurre con lo agrícola, ganadero, o alimentario en dónde todo lo hacen máquinas.

En consecuencia, no se puede disponer de los mismo motores, estímulos ni planes que en el pasado, y sin embargo las mentes cortas de los llamados geoestrategas económicos, siguen usando estos patrones caducos, que si se empecinan nos llevarán a la guerra como fruto del hambre y la desestabilización provenientes de la misma maquinaria obsoleta de la que todavía no nos hemos desecho.

Piensan como alternativa, en disolver todos los derechos y ventajas adquiridos durante el siglo XX y que ya forman parte de nuestra cultura como la seguridad social de cobertura estatal, el derecho al subsidio de desempleo y el la jubilación, o las ayudas a lo más desfavorecidos, y a la educación gratuíta, habiendo desviado estas a una emigración multicultural del plan Kalergi, para detonar lo que queda de una sociedad que esperan que explote ante falta de ideas, o que si las hay, han decidido que sobramos.

Cristina Kirchner llega con la vieja idea neoliberal de una mezcla de los NYSE de los Rothschild, y los Chicago Boys, y se le ocurre hacer la competencia, ideando una agencia de rating basada en universitarios.

Esto lo único que tiene es el fundamento de poder desbancar a las únicas agencias de rating norteamericanas como Moodys, Goldman Sach, y las que tienen los bancos reconocidos por el sistema como Credit Suisse, Société General, BSCH y en definitiva una lista de todos los bancos que apuestan por un valor bursátil u otro, pero que no cambia el juego de casino, pues como sabemos todas estas calificaciones van bajo pago de enormes sumas, o influencia, y aunque cuentan con equipos enormes de analistas de su juego de cortina de humo de la realidad de una Reserva Federal que imprime el dinero que quiere, cuando quiere, sin ningún control. Sigue siendo bajo pago que se tienen buenas calificaciones, y si no se dispone de poder pues van a la baja las calificaciones.

Resultaba un juego apasionante y divertido cuando la bolsa subía, y las economías crecían, y los países se podían endeudar.

Pero hemos tocado fondo, y no quedan prestamistas, pues estos han roto la banca, su propia banca y el descontrol se ha convertido en quiebra camuflada por las propias agencias de calificación.

Si algo puede lograr el plan Kirchner, que será nada, con modelos copiados y caducos, es tumbar el prestigio del resto de las agencias de rating o calificación, y finalmente el sistema en el que Argentina se quiere amparar para poder autofinanciarse, lejos de la banca FMI, y el Banco Mundial, y el del Comercio para no salir del mismo juego con el que tenemos sin más, que romper.

El modelo al que debemos volver, es al de la ambición moderada, el del a separación de la economía financiera de la productiva, a un capitalismo regulado de forma que se persiga la especulación, y la falta de transparencia de los bancos centrales en sus cuentas, y la emisión de moneda, y que el materialismo no sea la base de la doctrina social y el crecimiento de las naciones.

El estado de bienestar se mide por la repartición de los bienes y riqueza, o al menos porque a nadie le falte de nada, y aun menos: pase hambre.

Adiós al comunismo, al socialismo, al neoliberalismo, a la especulación y a los derivados financieros. El futuro solo puede estar en derogar la ambición en exceso, regulando la especulación. Y en sostener el nuevo modelo en que todos tenemos de todo y hay de todo, si no lo destruyen antes los cabalistas con guerras que andan buscando y propiciando para repetir su sistema de volver a empezar de cero.

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