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“La sociedad solo da pasos cortitos porque es incapaz de disociar la estética del contenido”.

2 de diciembre de 2017

venecia6-a

Estamos rodeados de ejemplos.

Nos fijamos en la compra de un producto por el diseño aunque desconozcamos sus características técnicas y si nos interesa o no más que otro.

Nos fijamos y depende de la época histórica en la gravedad de un político, en su aspecto tranquilo aunque sea un contenido de mentiras en un discurso que cae bien aunque no lo vaya a cumplir. Es más, alguien que no miente -más arriba más se espera ver-, es alguien que no sirve para una sociedad espectadora que ya lo espera, por costumbre y porque solo lo puede comprender así.

Nos fijamos en la apariencia de las personas a la hora de juzgar si queremos acercarnos o que se nos acerquen, sin valorar quiénes son en realidad y si nos convienen.

Nos fijamos en el aspecto físico de la pareja a la hora de elegirla sin conocer su calidad y si nos interesa o no. Luego vienen las sorpresas para bien y para mal.

Nos fijamos en la casa en la que vive, el dinero que parece manejar, el coche que conduce, como viste, y las amistades o contactos de los que se rodea porque esas visiones son un espejo de la poca calidad personal que nosotros mismos podamos tener. Es fácil dejarse convencer por un idiota y más por un sinvergüenza cuando no nos fijamos más que en cómo dice las cosas y la vaguedad de las cosas que dice.

Asociamos muchos el que alguien no diga nada de sustancia, y se ciña a decir poca cosa y sin compromiso con algo que no da problemas, y que da paz. Es una inculcación del miedo a quien piensa y se expresa, cambiado por los que no tienen nada que aportar como muebles en un salón bonito que queda bien.

Cuando queremos avalar la persona de alguien nos referimos a sus adornos, a su poca implicación en nada, y sobre todo y si es un hombre a qué trabajo tiene y que lugar ocupa en la escala social de lo superficial. Si no se rodea de atuendos, estética y apariencia, una persona no es nadie para una sociedad de valores raquíticos.

En el caso de las mujeres seguimos avalándola por su buen gusto en el vestir y en un estar casi sin presencia, en con quién vive o para la mezquindad con quién ha logrado vivir, sus abalorios y su peluquería. No quiere decir que eso sea de buen gusto y guste que siempre agrada, quiere decir que solo se sopesa eso. Independientemente de que pueda ser una indeseable.

La imagen es lo único que importa en una sociedad raquítica de valores. Por más que nos esforcemos en aparentar que importan los valores, no es cierto. Las televisiones se ocupan del todo de una imagen de cartón de auténticos sinvergüenzas sin fondo alguno y con una ambición desmedida, y de otra parte juegan al juego de los valores sacando la desgracia de la gente para que nos compadezcamos. Y ese es el matiz: compadecerse, no valorar.

Poco importa siquiera si eres un criminal, un defraudador, o un corrupto, si te sabes vestir bien, coger aspecto de opulencia, o maquillar bien eres la envidia de muchísima gente.

El contenido solo se valora para emergencias:

Cuando uno está enfermo acepta cualquier frasco si tiene noticia de que cura, y no importa el aspecto.

Cuando hay mucha hambre abandonamos hasta el aspecto y nos centramos en comer.

Cuando no nos llega para comprar algo mejor, aceptamos cualquier cosa, o al menos no tan esmerada la cosa como nos gustaría si pudiéramos elegir.

Y sin embargo de las personas exigimos su aspecto, su imagen, su estética, aunque sea un engaño.

Poco importa lo que diga, sino el cómo lo diga. Poco importa si va a cumplir o no, si lo anuncia y lo dice. Importan los dichos, las promesas, los anuncios, que no lo haga será parte del extendido lamento al que nos hemos acostumbrados desde niños ante una sociedad incumplidora de la que todos participamos.

Hasta en un compromiso de boda se dicen muchas cosas e importa más el vestido de novia y novio, la comida o cena de boda y el viaje de novios que lo que se puedan querer. Todo es exclusivamente estética, y los medios se encargan de la propaganda de que se ha de vivir así, aunque sea dañino y hechos que se pagan durante años si hay equivocación.

Pero estos valores no son solo educacionales, están en nuestro adn y deformados por el gusto por las formas, por el color, por su desenvolvimiento, por las sensaciones que envuelven. Todos participamos y poco avanzamos por nuestra condición de la estética, de las mentiras, del quedar bien sin sentir, del que dirán por encima de lo que importa.

Repetiremos durante otro milenio como poco nuestra tara en el adn. Y quien presume de no serlo, dadle trapo que todo se ve.

 

 

 

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