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«Las urbes renuncian al Dorado. Las ciudades han muerto y los ciudadanos piensan mucho en suicidarse por primera vez en siglos en que pensaban en sobrevivir».

3 de enero de 2022

Lima fue incluida en ránking de las ciudades más odiadas, ¿qué opinas?| El  Comercio Peru

Hasta hace poco acceder al centro de las ciudades era el Dorado de los ciudadanos tanto de la urbe en la que viven como de los municipios periféricos era el mejor deseo de paseo y actividad metropolitano.

Nos han engañado y contado que contaminamos cuando la contaminación son las más de cuatro mil pruebas nucleares que han calentado el núcleo y corteza, y que solo pueden enfriar rociando a diario con chemtrails de nubes de aluminio en polvo que causan alergias y problemas pulmonares.

De un tiempo a esta parte comprobamos que además de pagar el Impuesto de Circulación anual por circular y el derecho de aparcar dejó de ser un derecho para ser una penalización, multas, persecución y recaudación.

Ejércitos de pone multas y policía convertidos exclusivamente en agente de la recaudación municipal y grúas privadas cuyos propietarios reparten sobres con concejales y políticos para repartirse el botín de la escoria corporativa municipal de cualquier urbe occidental.

El centro de las ciudades se ha convertido en algo indeseable que ya no desea nadie.

Invadidos por tiendas que son fotocopias en cada ciudad y hasta la decoración raya en la fotocopia y no se sabe si uno está en una ciudad o en otra idéntica sin personalidad.

Los controles municipales recaudatorios de normativas han acabado con todo lo interesante y a cambio nos han dejado negocios asépticos sin interés e inapetentes que irán cerrando y cayendo en cuestión de dos décadas. Porque por matrix que sean los ciudadanos estos se hartan de todo cuando aquello carece de identidad propia y diferenciada.

Además, se han encargado de trasladar el comercio a grandes superficies perimetrales y el centro ya no tiene futuro ni para tiendas ni para vivienda. Salir de una vivienda en el centro a pasear y únicamente poder elegir entre una panadería, tienda de ropa, o peluquería fotocopia ya no apetece ni a los vecinos que sencillamente abren la puerta del portal y se quejan sin cesar de la uniformidad del barrio idéntico a otros veinticinco.

Las migraciones de fin de semana son cada vez más desértica ya no solo del centro de la ciudad sino de toda la ciudad, y cada vez se va ampliando más y más los kilómetros perimetrales que hace falta recorrer para lograr alguna sensación de haberse escapado tímidamente del conglomerado depredador postmodernista progresista. Un progreso detestado por todos mientras hablan del centro pero pensando cada día en cómo fugarse el fin de semana.

Las urbes han muerto, no tienen ya interés.

Por supuesto que ya no queda un matadero, ni una vaquería, y menos una cuadra de caballos. Por supuesto que ya no queda un carpintero con aserrador y torneado más allá del cortar unos tableros a medida que ya solo en grandes superficies se pueden encontrar.

Han pagado millones por un piso en el centro y resulta que se aburren. Ni siquiera la terraza del bar o el interior del bar tienen color y sabor, son uniformes aun cambiando de barrio. Sus vecinos están igual de pirados y excéntricos que ellos, llenos de manías y obsesiones, de pastilla y visitas a médicos porque a todos les pasa algo que ni siquiera saben qué es.

Se llama falta de motivación, aburrimiento, decadencia, monetización de todo. Y resulta demás que teniendo todo cerca ni siquiera pueden tener cita presencial y ha de ser previa cita a semanas igual que si viniera desde 50 kilómetros.

Las urbes han muerto, no tienen ya interés.

Los mercados desaparecen, ya no huele mal (a vida, naturaleza, hortalizas, pescado y carne), ya todo es aséptico, limpio, no huele, es transgénico y cancerígeno. Ha triunfado la mediocridad, el mal gusto, al analfabetismo moderno, y las multas y las normativas.

Estamos en vías del suicidio colectivo de gente que pudiendo vivir muchos años se devoran sus mentes enfermadas y sus cuerpos inoculados.

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